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(Fotos: “25 años de Caretas”; “La República Militar” de Guillermo Thorndike y Carlos Domínguez. Todos los derechos reservados a los autores).

En el aniversario 39º de los luctuosos sucesos del 5 de febrero de 1975, un triste prolegómeno a la caída del dictador Juan Velasco Alvarado, entregamos un testimonio personal de nuestro colaborador Gregorio Huaroto Offenhauser sobre esos lamentables hechos, al que siguen algunas versiones recogidas por él sobre lo que habría desencadenado la violencia de ese día. Esperamos que nuestros lectores nos puedan ayudar, como en otras ocasiones, a través de sus valiosos testimonios y comentarios, a recordar sobre ese triste momento de nuestra vida republicana, del que, paradójicamente (por el posible compromiso de fuerzas políticas, nacionales y extranjeras, en la definición del curso de nuestro país durante esa hora), muy poco se ha escrito hasta la fecha.

Por Gregorio Huaroto, colaborador de Arkivperu

MI VIVENCIA

Era un día de semana, durante el caluroso verano de 1975. Por una circunstancia familiar nos encontrábamos, durante esos días de las vacaciones escolares (que, por ese tiempo, duraban más de tres meses, desde mediados de diciembre hasta fines de marzo) en la casa de mis abuelos en Chaclacayo.

Esa mañana, luego del baño matinal y de los desayunos largos con panes franceses calientes y mantequillas y quesos fundidos de Laive, acompañábamos a mi abuelo en la apertura de su farmacia (alrededor de las nueve), cuando las chicas del vecino como exitoso restaurante “La Ramada” se acercaron a la puerta del negocio de mi abuelo, justo segundos después que mis dos tíos menores (quienes eran estudiantes), partieron en el auto de uno de ellos rumbo a Lima.

Las chicas preguntaron:
— Señor, ¿sus hijos han ido a Lima, tienen documentos?
— ¿Por qué?
— Dicen que hay disturbios en Lima.

Por ese tiempo no habían celulares, ni forma rápida de saber las noticias (“La Rotativa del Aire” de RPP de hoy no existía, siendo esa estación, por esos años, una emisora dedicada a las radionovelas y la música). La televisión, controladada por los militares, recién empezaba sus transmisiones como a las once del día.

Cuando llegó Alberto, el empleado de la casa (unos diez minutos luego de las nueve) se excusó por su tardanza, diciendo que había llegado una turba a apedrear el mercado de Chaclacayo (muy cerca de Huampaní) y que había “la volada” de que en Lima habían disturbios.

Una señora mayor hizo uso del teléfono de la farmacia para una llamada a Lima, para saber de su marido (quien tenía un estudio fotográfico muy cerca de la Colmena), y éste le dijo que no podía salir del local, porque habían desmanes (la mujer volvió dos veces más durante la mañana, en la primera el marido le dijo que habían tanques en las calles y que los soldados estaban disparando; en la segunda, que la balacera era fuerte y que no se aventuraba a salir por temor a un tiro perdido).
 

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Conforme las “voladas” llegaban a nuestros oídos, de gente que entraba a la farmacia, comenzamos a comprender que la situación en Lima era delicada, pero poco se sabía de la razón de los enfrentamientos, o si estaba el país en el medio de algún golpe de estado.

Cerca de las doce mi menor tío Jaime (aún alumno de colegio, quien como nosotros gozaba de vacaciones) nos dijo, de vuelta de un campamento en las playas del sur, que al pasar uno de los micros que tomó por La Victoria y el Centro, había visto tanques rodeando “Radiopatrulla” y que se habían ido para otro lugar, que habían debelado un motín policial.

 

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En la TV, que ya había iniciado sus programas, dieron un “flash” del Canal Cuatro, procediéndose a leer un comunicado de un “Comando de la Zona de Seguridad Regional del Centro”, en el que se indicaba que, dada la situación de orden interno, se suspendían las llamadas (en la Constitución de 1933) “garantías constitucionales” tales como el derecho a no ser detenido si no era por mandato de un juez, el derecho a libre circulación, la libertad de reunión, entre otros. El “flash” (en realidad, el comunicado militar) fue leido una vez más antes de las doce.

A las doce en punto nos sentamos frente del televisor para ver “Mediodía”, pero el noticiero estaba en otra. A los pocos minutos su normal desarrollo fue interrumpido por un “flash”, que fue leido por un locutor en “off” (mientras en las pantallas se veía un letrero que decía “flash”, en un op art bastante peculiar). Reiteraba lo mismo que se había dicho más temprano. Terminada su lectura, apareció nuevamente la imagen de doña Carmela Rey, quien siguió con el programa como si nada pasara (le costó fingirlo). El parte militar fue leido una vez más, mientras ella estaba en la cocina del estudio, preparando una ensalada de garbanzos “buena para el verano”.

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Los canales de televisión empezaron con su bloque de telenovelas (en el Cinco interrumpieron la emisión de la telellorona para dar también el comunicado militar). Entonces alguien en la casa (mi abuela) nos preguntó si nos habíamos dado cuenta que los comunicados oficiales no los emitía “El Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada” sino “El Comando de la Zona de Seguridad Regional del Centro”. Mi abuelo, tras pensarlo, nos dijo a sus nietos, y a mis padres, “Seguramente ha caído Velasco”.

En la tarde, como a las cuatro, llegó la lavandera (una señora que era testigo de Jehová), para decirnos que Velasco había caido, lo que reiteró una parroquiana que llegó a la farmacia (“Dicen que ha caido Velasco, y que el que ha entrado es peor”). Los programas infantiles, que tenían público en vivo, no salieron al aire esa tarde (ni muchas otras tardes más adelante), siendo sustituidos esos espacios por películas de El Gordo y el Flaco, y dibujos animados. Las transmisiones de la TV se interrumpieron con otros “flashes”, uno para decir que el Gobierno había nombrado un nuevo Director General de la Guardia Civil, el otro para anunciar un toque de queda, desde las ocho de la noche (al tercer día lo pasaron a las diez).

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El noticiero “Hoy”, que iba en la noche, fue el primero en entregarnos imágenes de la jornada descrita como de “saqueo, pillaje y vandalismo” por la prensa parametrada (las imagenes de gente apedreando el Sheraton, incendiado el cercano Centro Cívico, el Casino Militar de la Plaza San Martín). Tras el noticiero (que vimos con mi abuelo, mientras nuestra abuela atendía en la farmacia), más gente llegaba a la farmacia. Un señor nos contó lo del incendio del diario “Correo” (en la avenida Wilson, “yo estuve ahí”, nos decía), otros hablaban de muertos cerca del Mercado Central.

“24 Horas” salió al aire con casi las mismas imágenes que “Hoy”. Los comentarios de actualidad censuraron el proceder de los malos peruanos. Ese noticiero si reveló que había habido una huelga policial, pero responsabilizando de los desmanes a elementos agitadores.

Al día siguiente, la totalidad de la prensa parametrada entregó fotos de gente robando mercancías diversas (refrigeradoras, cocinas, ropa, telas, radios), fotos que los noticieros de la noche divulgaron, solicitando a la población que identifique a los responsables. Nunca se mostraron imágenes de muertos o heridos, ni tampoco se dijo (al menos ese día, y el siguiente 6 de febrero en la TV)  cual fue el saldo de fatalidades o lesionados en aquella jornada.
 

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QUÉ PASÓ

¿Qué pasó el cinco de febrero de 1975? Una sucesión de hechos catalizados con propósitos desestabilizadores en contra de Velasco, y con la mano de la potencia hegemónica detrás para evitar una conflagración en Sudamérica.

Al mediodía del 31 de diciembre de 1974 el Jefe de la Casa Militar, General EP Enrique Ibañez Burga, abofeteó a un efectivo de la Guardia Civil (GC) de servicio en las inmediaciones de Palacio, aparentemente por una orden no efectivamente cumplida (que consistía en impedir el acceso de la prensa al Presidente de la República). A ese suceso, calificado por los guardias como “abuso de autoridad”, con los días los GCs le añadieron su propio pliego de reclamos (catalizados por el bajo salario). Elementos extraños a la GC alentaron a los guardias a hacer un paro y un acuartelamiento en la Comandancia de Radiopatrulla, que iniciaron, en algunas unidades, desde el 3 de febrero de 1975, pero que empieza a sentirse con mayor intensidad a partir de la tarde del 4 de febrero (varios cruceros de Lima, que no tenían semáforos, estaban sin guardias para dirigir el tránsito, lo mismo que edificios públicos e instituciones bancarias). Esa noche los GCs hicieron llegar un memorial al Gobierno y otro a la Marina, la que ofreció mediar en el conflicto. Sin embargo, antes de las doce, los altos mandos militares y un sector del Gobierno deciden debelar cruentamente el motín policial, al que el Comnado Conjunto califica como “sedición”. Tras el suceso (registrado en fotografías que “Caretas”, en una edición extra, sacó a las calles, desapareciendo a las horas casi totalmente requisada por Seguridad del Estado), el Ejército regresa a sus cuarteles, quedando la ciudad a merced de agitadores (que extrañamente aparecieron por puntos estratégicos de la ciudad, los más provenientes de la llamada “Alianza Revolucionaria Estudiantil-ARE”), produciéndose, ya entrada la mañana, los actos de vandalismo de los que habló la prensa paramerada. Sin custodia policial, el vandalismo devino en delincuencia común, traducida en saqueos perpetrados por moradores de las zonas pobres de la ciudad.
 

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Tras varias horas de una ciudad sin ley, el Ejército regresa a las calles (ordenado por el Comandante de la Zona de Seguridad Regional del Centro, ante la ausencia de órdenes del Gobierno Central), reprimiendo, a sangre y fuego, a los revoltosos y saqueadores.

La versión que conozco señala que el Gobierno de Velasco se aprestaba a hacerle la Guerra a Chile (ya gobernado por Pinochet, con ese país fraccionado y triplicado en fuerzas militares por el Perú), y que, a insistencia de la potencia hegemónica de la región, Pinochet (para evitar la guerra y proyectar una imagen de paz) decide entablar conversaciones con la Bolivia de Banzer para un retorno soberano de este país a las costas del Pacífico. Pero como la intención de Velasco seguía siendo la de la guerra, elementos conservadores del Ejército, que no creían en la aventura bélica (ante las amenazas de Estados Unidos de intervenir en favor de Chile), sumada a la Marina (que estaba en desacuerdo con el rumbo izquierdista de “La Revolución”), deciden alentar en el Perú la huelga policial, su estudiado como cruento debelamiento, la aparición de los agitadores, y más tarde el vandalismo y el saqueo, a los que se reprime cruentamente, para crear una sensación de zozobra que entregara a Velasco el mensaje claro de que mal podría hacer una guerra con su “frente interno” resquebrajado.

Amistades vinculadas a uno de los sectores gubernamentales de ese tiempo, me han señalado, años más tarde, que la potencia hegemónica advirtió seriamente al nuevo Comandante General del Ejército peruano, que de producirse una guerra contra Chile, Estados Unidos la interpretaría como una prolongación el conflicto bipolar (Perú tenía un gobierno de izquierda y tenía armas y entrenamiento soviético, y Castro y Velasco mantenían buenas relaciones, además, el bloque soviético era enemigo del Gobierno de Pinochet que derrocó al socialista Chicho Allende) y que ayudaría a Chile. Esas mismas fuentes señalan que la huelga policial, el debelamiento, la Lima sin ley, y el retorno cruento de los tanques, fueron maquinados por la CIA con la complicidad de los nuevos altos mandos conservadores del Ejércitos (advertidos por los EEUU), con el propósito de desestabilizar a Velasco antes de una guerra que parecía inminente (los preparativos bélicos eran bastante serios en las Fuerzas Armadas peruanas).

El diplomático boliviano Julio Sanjinés Goitia, preclaro hombre público de su país, quien fue embajador en Lima y Washington, además de Presidente de la Corporación Andina de Fomento, ha mencionado a quien esto escribe algunos detalles interesantes sobre la atmósfera internacional prevaleciente en esos meses entre los años 1974 y 1975, como por ejemplo:

I) Que durante la visita del Canciller boliviano al Perú, General Alberto Guzmán Soriano, en octubre de 1974, en un encuentro bilateral sostenido con el General Juan Velasco en Palacio de Gobierno, éste solicitó a Bolivia el concurso de dos divisiones de su Ejército para abrir un teatro de operaciones en la frontera boliviano-chilena que coadyuve a la “solución de los problemas de Arica y la mediterraneidad boliviana”, y que el Perú haría lo propio en su frontera. Sanjinés Goitia era, a la sazón, Embajador boliviano en Lima y, en tal sentido, escuchó toda la conversación entre el Presidente peruano y el Canciller boliviano.

II) Que una vez terminada la reunión en la que el alto dignatario boliviano recibiera tan sorprendente pedido, el General EP Pedro Richter Prada (a la sazón Ministro del Interior del Perú) salió detrás del Canciller Guzmán Soriano para precisar que el pedido hecho por el General Velasco era “a título personal” y no reflejaba el sentir del “Gobierno de la Fuerza Armada”.

III)  El Embajador Sanjinés Goitia recuerda que el diálogo se produjo en un ambiente del despacho de Velasco donde había una gran maqueta que retrataba un posible teatro de operaciones en la frontera tripartirta entre Perú, Bolivia y Chile.

IV) Tan pronto terminó la entrevista con Velasco, el Canciller boliviano se dirigió inmediatamente a La Paz para explicar al Presidente de su país, Hugo Bánzer, sobre el pedido trasladado por el gobernante peruano. El Embajador Sanjinés Goitia (un militar retirado formado en West Point y que abrió el arma de ingeniería en el Ejército de su país tras estudios de especialidad hechos en la Escuela Militar de Chorrillos) también viajó junto a su Canciller. Sanjinés Goitia recuerda que en algún momento del viaje le diría al Canciller de su país, Guzmán Soriano, “pero, mi General, ¿de dónde va a sacar Bolivia dos divisiones para lanzarse a tamaña empresa?” Guzmán Soriano le respondió diciendo que era su obligación tratar el tema con el Presidente boliviano “por la importancia histórica del pedido”.

Quizá los lectores de ARKIVPERU quieran compartir con nosotros, sus vivencias de esa hora dramática, o sus interpretaciones o versiones de lo que pasó realmente en esa cruenta jornada de hace 39 años.

En épocas de dictadura, las noticias que no querían que se conozcan, debido a la censura, eran recogidas a través del boca a boca. “Hay ‘la volada’ de que no va a haber leche” (la noticia que está circulando). Los administradores de la prensa parametrada en la época de la II Fase de la Revolución, tomaron lo de “la volada”, dándole a ese tipo de noticias el carácter de un rumor infundado y malintencionado, al que le rebautizan como “las bolas” (usando una vieja expresión proveniente de la Colonia, quizá, por su sonido parecido a aquello de “la volada” y que aún persiste hasta nuestros días).

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